OPINIÓN: La cultura como escudo frente a la decadencia

FEBRERO 25, 2026 a las 8:45 PM

Llevo años observando cómo el discurso oficial intenta ser el codo que borre lo que se forjó con manos y esfuerzo. Un grupo minoritario intenta eliminar nuestra esencia, en lo que parece ser un intento de exterminio de su propia identidad.


Hoy vemos países sumidos en la violencia y la tiranía, con pueblos obligados a aceptar que, en pleno siglo XXI, facciones de ultraizquierda impongan una pseudolegalidad basada en castigos que quiebran a la sociedad mediante crímenes de lesa humanidad.


Durante los últimos cuatro años me he dedicado a desmembrar ante la opinión pública —con denuncias judiciales, huelgas y acciones en el Congreso— la forma en que se ha atacado nuestra cultura. Este ataque no es azaroso: la cultura es nuestra principal defensa contra la corrupción y la maldad. Al defenderla, protegemos lo más sagrado: nuestros niños y nuestra identidad nacional, que es el alma de nuestro pueblo.


La civilización occidental se sustenta en dos pilares: la cultura y la cristiandad. La primera es el cultivo del hacer, del vivir y de la sabiduría popular; la segunda es el marco ético que nos permite distinguir el bien del mal, estableciendo límites claros: no matar, no robar y respetar la infancia. Cuando una sociedad establece su cultura de manera ordenada, nacen las leyes que dan formalidad a su convivencia. Por ello, desconocer la cultura nos conduce inevitablemente al imperio de la corrupción.


El gobierno que hoy abandona el poder estatal nos ha demostrado lo que Platón advirtió en *La República*: la corrupción es la consecuencia natural de permitir que personas sin virtud ni sabiduría tomen las riendas. Como sentenció el filósofo: “El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres”.



Desde nuestras diversas áreas de experiencia hemos intentado analizar este fenómeno “anticultural” de violencia y colectivismo ocurrido en Chile entre 2018 y 2026. La falta de pensamiento crítico —una forma de incultura profunda— es lo que permite que ciudadanos comunes terminen siendo funcionales a sistemas criminales. Hannah Arendt, en *Los orígenes del totalitarismo*, describió magistralmente cómo el sujeto ideal del totalitarismo es aquel que ha perdido la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso.


En Chile, el ataque sesgado a lo bueno, lo bello y lo verdadero, sumado a la violencia contra las iglesias, evidencia que el objetivo de la administración de Gabriel Boric era vaciar nuestra sociedad para instalar una ideología totalitaria. Como bien señaló Edmund Burke: “Lo único necesario para que el mal triunfe es que los hombres buenos no hagan nada”.


Hemos resistido a un sistema educativo reformado para anular el talento intrínseco del ser humano, favoreciendo la instalación de estructuras corruptas. Nietzsche ya advertía en *El crepúsculo de los ídolos* que la cultura y el Estado suelen ser antagonistas: uno prospera a expensas del otro.


Tras cuatro años de ardua resistencia frente a los intentos sistemáticos por vaciar nuestra identidad, mantengo la convicción y la esperanza. La batalla por restablecer nuestra verdadera cultura no ha terminado; apenas comienza.


Evelyn Hernández (@eve_cultura)

Administrador público - Pedagoga y Gestor cultural